En el post anterior hablé de la necesidad imperiosa de los padres de satisfacer todos los pedidos y exigencias de sus hijos.
Hoy quiero traer algunas ideas de Adam Phillips, un psicoanalista inglés a quien admiro mucho y cuya lectura recomiendo, ya que además de buen terapeuta es un escritor de excepción.
En una entrevista que le hicieron, Phillips afirma que uno de los obstáculos fundamentales que los padres enfrentan hoy en día es la obligación de hacer felices a sus hijos.
Antes, quizá cuando éramos chicos, los padres tenían que velar por nuestra salud y nuestro bienestar.
Hoy, la exigencia es que nuestros hijos sean felices, estén siempre contentos, y logren el éxito en todo: en la escuela, que tengan muchos amigos, que sepan hablar otro idioma, que tengan hobbies, que estudien un instrumento, que… Y por supuesto, que no se frustren, que no les falte nada…
Como vemos, es más bien la concepción de felicidad la que constituye un problema. Pareciera que se trata de estar contentos todo el tiempo. De tener muchas cosas. De no tolerar un instante de frustración.
Phillips dice que hace mucho tiempo la gente sentía la necesidad de ser bueno. Era uno de los ideales de vida: ser una persona buena. Hoy el ideal es ser feliz: disfrutar de la vida. Y eso comienza en la infancia.
El problema es que si algo o alguien pueden brindarnos satisfacción, pueden también frustrarnos, si no nos otorgan lo que deseamos de ellos. Esto es estructural. Así comienza nuestra vida. Así funciona la relación madre-hijo, la primera y básica relación que constituirá el molde de nuestras relaciones posteriores.
Es decir que todos debemos enfrentar la ambivalencia: a veces amamos y a veces odiamos al mismo ser, al mismo objeto. Y eso nos causa problemas a lo largo de nuestra vida. Y eso es imposible de evitar. Así estamos construidos. Así funcionamos. No existe la forma de evitar totalmente la frustración y la ambivalencia, por más que nos esforcemos.
Nuestra imposibilidad de soportar la frustración se origina en el mensaje que nos envía la sociedad. Vivimos en una época en la que nos venden toda clase de posibilidades de placer. Es como si nos dijeran que no hace falta sentir ningún displacer, ninguna carencia. Para todo aquello que nos falta nos proponen una respuesta instantánea.
Pero ésta es una visión muy empobrecida de la vida. Si bien es cierto que debemos procurar librarnos del dolor y sentirnos bien, existe una diferencia básica entre el intento automático de evacuar toda pena y frustración y el intento de modificar esos sentimientos. Es necesario entonces preguntarnos acerca de la función que posee la frustración en nuestra vida
Deseo traerles un pequeño relato personal: cuando nació mi nieto mayor, Ariel, mi felicidad fue enorme. Pasé muchas horas con él, y acostumbraba llevarlo conmigo adonde fuera. Cuando creció lo suficiente, lo llevé a una juguetería. Para mi gran sorpresa, Ariel no demostró ningún interés por los juguetes que poblaban los estantes.
Entonces comencé a preguntarle: ¿no te gusta este juguete? ¡Mirá que lindo es! Finalmente, Ariel aceptó que se lo comprara.
Después de haber repetido esta acción el número necesario de veces, Ariel comenzó a pedirme solito que le comprara juguetes.
Cada visita al shopping incluía necesariamente entrar en la juguetería, elegir rápidamente un juguete, salir y , al pasar al lado del kiosco de golosinas, comprar unas cuantas. Luego me pedía dinero para jugar en el rincón de los autos pequeños que tanto atraen a los niños, y…
Por suerte, para él y para mí, logró enojarme. Un día, después de haber satisfecho sus innumerables pedidos, lo miré seria y le dije: “Ariel, yo no soy una máquina de hacer dinero. Exageraste.”
Y ahí llegó la gran sorpresa y la gran lección… para mí.
Ariel me miró con sus grandes ojos azules, serio él también, y me dijo:
“Graciela: cuando yo te pido algo, me podés decir que no….”
Y lo cumplió. En las ocasiones en que respondí en forma negativa a sus pedidos- que en forma paulatina se fueron haciendo menos frecuentes-se encogió de hombros y no volvió a aludir al tema.
De quién era la necesidad de comprar juguetes? Evidentemente, mucho más mía que suya. Yo había definido mi rol de abuela como proveedora constante de cada capricho, después de haber “ logrado“ transmitirle a Ariel que ése sería mi rol.
Por suerte, el niño era más sabio que su abuela primeriza. Y mi rol se modificó y mejoró con mis otros dos nietos y mi nieta…
Para ello tuve que renunciar al imperativo social de sentirme una abuela perfecta. Porque, como sostienen los franceses, lo perfecto destruye lo bueno.
Tuve que emprender el largo camino para tratar de convertirme en una abuela suficientemente buena….. y contentarme con ello.
La dificultad de contentarnos se origina en la inexistencia de una evaluación positiva del papel de la frustración, lo cual constituye un error garrafal. En realidad, la frustración es importante y valiosa. Debemos evitar proceder en forma automática: ante el menor asomo de frustración, intentar llenarla con algo. Esto se asemeja a la madre que permanentemente alimenta a su hijo, hasta que éste pierde el apetito.
Es lo que nos ocurre. Perdemos la posibilidad de preguntarnos qué deseamos en realidad, qué nos falta en nuestra vida. Lo que podríamos hacer para lograrlo (aparte de comprar…)
Y esto está relacionado con el consenso. La sociedad nos brinda un modelo que nosotros emulamos: nos indica qué placeres desear y la forma de obtenerlos. Esta es la manera en la que la sociedad logra manejar a sus integrantes. Por nuestra parte, nosotros debiéramos buscar un modelo mejor, algo diferente del deseo de omnipotencia y omnisciencia que se nos sugiere: poseer todas las mujeres, todas las cosas, mucho dinero. Estos placeres son en realidad infantiles y triviales. Necesitamos modelos mejores de satisfacción, que tengan mayor relación con una visión adulta del mundo.
Phillips dice que la adultez tiene mala prensa… La niñez, en cambio, es idealizada porque aún no ha llegado a la adultez. Pareciera que todos deseáramos quedarnos en ese estado.
Y éste es sin duda un síntoma de la desesperanza que nos inculca la cultura hedonística en la que vivimos. Pareciera que ser adultos es un verdadero desastre.
Sin embargo, recordemos que ser niños eternos no es menos terrible, ya que el niño es totalmente indefenso. Y pareciera que de eso se trata: de que nos amoldemos, sintiendo que no somos capaces de modificar nada.
Si los padres comprendieran que frustrar algunos de los deseos de los niños es un proceso que los fortalece, que les permite desarrollar capacidades que quedan de otro modo ahogadas bajo la montaña de objetos y juguetes y juegos electrónicos… quizá podrían decir simplemente: no.
Como ven, las soluciones y las decisiones no son fáciles, pero son absolutamente posibles.
Hasta la próxima!

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