Hace unos cuantos años coordiné un pequeño grupo de mujeres. Yo tenía entonces cuarenta años, y las integrantes del grupo tenían entonces mi edad actual o quizá eran un poco más jóvenes.
Un grupo de mujeres inteligentes, interesantes, en busca de nuevos desafíos, tratando de utilizar en forma creativa el tiempo libre del que disponían en esta nueva etapa de su vida, en la que sus hijos habían crecido y abandonado la casa familiar. Buscaban mejorar su vida de pareja, recuperar el diálogo perdido, poder sentirse libres.
Las mujeres vivían en grandes casas, silenciosas y un poco desoladas sin el bullicio de los hijos.
Por lo general, los maridos tenían su propio cuarto de trabajo: pequeño o grande, ordenado o desordenado.
Ninguna de las mujeres tenía su propia habitación. Ni grande ni pequeña . Por supuesto que el desorden era impensable en mujeres de tal elegancia y estilo…
Cuando les pregunté en qué lugar de su casa les gustaba sentarse, en qué rincón, sofá o silla .... su mirada asombrada me reveló que no había en esas enormes casas un rincón al que pudieran llamar “mi lugar”.
Esa sorpresa constituyó el tema central de un prolongado y profundo trabajo grupal. Al final del mismo, cada mujer poseía su propio cuarto de trabajo. Generalmente habían elegido un cuarto amplio, y lo habían amoblado de acuerdo con su gusto y sus nuevas necesidades. Tenían ahora su propio escritorio… y el orgullo de haber conquistado un lugar propio dentro de su hogar. Con una puerta que podían cerrar cuando deseaban estar a solas…
Cada una, a su manera, se había permitido encontrar un cuarto propio, como ya lo había sugerido Virginia Wolff a principios de siglo (todo esto ocurrió aún en el siglo veinte….)
Algunas mujeres sentían que experimentaban la rebelión adolescente que nunca se habían permitido vivir. Otras lograron una redefinición de la división de roles en el hogar. Otras comenzaron los estudios universitarios con los que habían soñado y a los que ya habían renunciado muchos años atrás.
Para ello tuvieron que reducir las horas que dedicaban al cuidado de los nietos, y hasta las comidas familiares dejaron de ser semanales para convertirse en quincenales…
Dejaron de ser esposas perfectas, madres y abuelas perfectas y comenzaron a sentirse seres humanos responsables de sí mismas, de su tiempo, de la concreción de parte de sus aspiraciones, y del rumbo de sus vidas. Sin culpar a los demás ni buscar excusas..
Con mucho miedo y también con una enorme dosis de vitalidad, sintieron el olvidado cosquilleo de la curiosidad y la aventura.
Después de tantos años, se sentían renovadas y dispuestas a emprender el camino.
¿Les resultó fácil? No. Algunos maridos se enojaron. Otros mostraron un desinterés total, y ellas se hirieron.
Algunos se rieron de ellas junto con los hijos, lo cual les produjo vergüenza. Sin embargo, no se dieron por vencidas.
Poco a poco, cada una de ellas volvió a sentirse viva. Cada semana, observaba cómo se volvían más y más jóvenes. Habían descubierto la feminidad oculta, los anhelos latentes, la fuerza detenida, los sueños olvidados.
Ellos pertenecen a un grupo de parejas en alto riesgo. Los riesgos que afrontan son el cansancio excesivo, el agotamiento, la desesperación, las peleas interminables, las múltiples preocupaciones Corren el peligro de alejarse uno del otro, de que el silencio se vuelva opresivo, de que se produzcan traiciones. Parejas que no tienen relaciones sexuales porque el deseo ha desaparecido.
Quizá porque trabajan demasiado, con el fin de proporcionar a sus hijos todo lo que necesitan y también todas aquellas cosas que sus hijos exigen (y que en realidad les pueden causar más daño que cualquier privación). Porque ceden a todos los caprichos de sus hijos, son incapaces de rechazar sus exigencias y la palabra "no" no existe para ellos.
Estos padres piensan que su conducta es la adecuada, ya que todos los niños a su alrededor poseen muchísimas cosas. Cómo negarse entonces a las constantes exigencias de sus hijos?
El objetivo de este blog es la presentación y análisis de algunos de los dilemas de la pareja en nuestro tiempo. No intento ofrecer soluciones. Tengo muchas más preguntas que respuestas. Los lectores deberán encontrar sus propias soluciones y respuestas.
Sólo puedo ofrecerme a acompañarlos y pensar en voz alta ..... a presentar un abanico de opciones, un poco de teoría, una cierta dosis de experiencia profesional, bastante experiencia de vida y un montón de amor y empatía.
Para finalizar este primer post, deseo ofrecer una idea para que la piensen: sugiero considerar la posibilidad de buscar, al igual que las mujeres de mi grupo terapéutico, un lugar propio dentro de la casa para cada miembro de la pareja. Si no es posible lograr un cuarto propio, crear un rincón propio. Un lugar en el que sea posible estar solo/a.
Arriesgándome aún más, sugiero que si se debe elegir entre ofrecer una habitación propia a cada uno de los pequeños de la casa o a cada uno de los padres, contemplar la posibilidad de que sean los niños los que compartan una misma habitación.
Soy consciente del ceño fruncido. Se trata de una propuesta no convencional. Los vecinos fruncirán el ceño; quizá también la maestra. Hasta es posible que los abuelos, los tíos y los primos frunzan el ceño.
Quizá reaccionarían en forma más comprensiva si ustedes hubieran tomado la decisión de divorciarse. Porque todos conocemos las estadísticas: una de cada tres parejas termina divorciándose.
Así que …. es mejor enfrentar la sorpresa y la crítica , y que la pareja de ustedes sea una de las dos que sigue casada…. Me parece mejor para ustedes, para los chicos, para los abuelos, la familia, los vecinos, la sociedad. Menos dolor. Menos pena. Menos soledad Menos .....
Seguimos la próxima

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